
El problema es que la realidad va por caminos diferentes a los de ese discurso “que nos exige poder con todo”, como demuestran los casos de los 23 empleados que se han suicidado recientemente en France Telecom. Y llueve sobre mojado, porque hace un par de años Renault vivió problemas similares, y eso sin contar los muchos sucesos, dicen los expertos, que no salen a la luz. Por eso, asegura Villena, no deja de ser llamativo que no se promueva una reflexión profunda sobre nuestro modelo laboral.
“Todos somos conscientes de la importancia del trabajo y de lo que afecta a nuestros hijos o a nuestra vida privada. Por ejemplo, que los abuelos estén hoy educando a los nietos dice mucho de nuestros modelos productivos”. Sin embargo, apenas hablamos de las estructuras, prefiriendo señalar con el dedo a las personas. Así, “cuando alguien salta por la ventana, es sólo a causa de sus problemas personales”.
Esa fue también la explicación pública que ofreció France Telecom cuando los hechos se dieron a conocer. Como ocurrió con otras organizaciones, la telefónica gala se limitó a quitarse de encima toda responsabilidad, culpando a individuos de personalidad frágil que no supieron adaptarse a los cambios que conllevaba la presión. Y eso, apunta Villena, que quienes se suicidaron “eran personas que tenían un índice de responsabilidad muy alto, y a las que se las suponía, pues, una capacidad elevada para afrontar tensiones, que decidieron cometer el acto suicida en su propio puesto de trabajo y que dejaron una carta en la que aseguraban que su vida laboral resultaba insostenible”. Por eso, asevera Villena, no podemos afrontar estos acontecimientos como si estuvieran causados por simples reacciones patológicas de empleados inadaptados.
Sin embargo, según afirma Luis Enrique Alonso, catedrático de sociología de
“Todos sabemos que las condiciones de expresión de comportamientos individuales están encuadradas en marcos sociales, pero en lugar de ser consecuentes y hablar de normas o de justicia, nos limitamos a decir a quienes están pasando por una situación de sufrimiento que se puede salir de ahí fortificando el carácter”. Lo que, además, suele provocar resultados contraproducentes: “Hemos visto en investigaciones realizadas con compañeros franceses cómo estas actitudes tenían un efecto rebote muy fuerte, ya que si alguien pasaba por un tratamiento y el problema no se solucionaba, la frustración era enorme, porque añadía un elemento de culpabilización: si te volvía a ocurrir estaba claro que te habías preparado mal”.
Miedo a ser un fracasado
Y máxime en un instante como el actual, cuando la simplificación de las estructuras organizativas han convertido las tareas a realizar por los empleados en mucho más complejas y exigentes. En ese entorno en el que, como afirma Amparo Serrano, las jerarquías parecen difuminarse, los mandos intermedios tienden a desaparecer y donde el control último es realizado por el cliente, “terminan por recaer en el sujeto todas las exigencias y los conflictos en que vive la organización. Es el empleado individual quien está obligado a desenvolverse correctamente a través de todas las ambigüedades en que incurren los métodos de gestión contemporáneos.
Antes había prescripciones claras acerca de cómo debían resolverse las situaciones, ahora son los propios individuos quienes tienen que reinventar las respuestas en circunstancias mucho más complejas”. Y si no lo logran, lo que suele ser frecuente en escenarios poco transparentes, “se les señala como fracasados, culpándoseles de no haber resuelto lo que no son otra cosa que problemas organizacionales”. Así, en lugar de apostar por una estructura clara con normas diáfanas, las empresas actuales prefieren esquemas organizativos ambiguos, pagando al precio de repercutir toda clase de problemas (económicos, de estructura, de falta de poder, etc.) sobre sus empleados, lo que genera notables dificultades tanto en el funcionamiento cotidiano de la organización como en la salud de sus trabajadores.
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