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'Mobbing': la pesadilla que se vive en el trabajo


Que a una le digan una vulgaridad en la oficina es desagradable, pero no es mobbing. Que le comenten que su trabajo es una basura le puede molestar, pero a eso tampoco se le puede llamar mobbing. Para poder utilizar este término (que procede del verbo inglés to mob, acosar) no basta con que se trate de una conducta "no deseada por la persona agredida". Tiene que repetirse un día tras otro, así como generar "un entorno laboral odioso o ingrato, humillante u ofensivo". Así lo resume Manuel Martín, socio del despacho de abogados Sagardoy, que se ha ocupado de un buen número de casos de acoso en el lugar de trabajo. Cifras no oficiales revelan que entre el 5 y el 15 por ciento de los empleados españoles sufre este mal.

Existe mobbing, explica este abogado, "sólo cuando la agresión vulnera los derechos fundamentales". Esa conducta tiene un objetivo: "Atentar contra la dignidad personal". Y, como se ha señalado, tampoco se puede hablar de mobbing si la agresión es puntual: es preciso que sea continuada.


Según explica José María Gasalla, director del programa de Dirección y Desarrollo de Personas de Esade, se trata de un "acoso sistemático y continuado durante un periodo de tiempo de cuatro a ocho meses como mínimo". En este reportaje se relatan varios casos reales de acoso, algunos de los cuales llegaron a los tribunales.


Antonio luchó

Antonio aún trabaja en el mismo banco en el que lo pasó tan mal hace algún tiempo. Angustiado por el acoso al que estaba sometido, pidió la baja voluntaria. Cuando en la compañía lo entrevistaron para conocer los motivos de su marcha, se derrumbó. Confesó que llevaba más de un año sufriendo el acoso de un superior. Éste se relacionaba con normalidad con todos sus compañeros, mientras que a él ni siquiera lo miraba.


Cuando el acosado acudió a pedir ayuda al jefe de su jefe, él le pidió que no lo molestara. En este caso no hizo falta recurrir a los tribunales: una vez comprobado que había existido acoso, la empresa pidió al empleado que se quedase y se despidió a los dos jefes. Antonio es gay y se demostró que su orientación sexual había sido el detonante del maltrato.


"El objetivo del acoso es que la víctima se sienta mal e incluso llegue a justificar el acoso porque entiende que no aporta lo suficiente a la organización en que trabaja", explica José María Gasalla, de Esade. Es posible que a Antonio le queden, bien de por vida o por un tiempo, secuelas de aquella etapa. Miguel Gutiérrez Fraile, portavoz de la Fundación Española de Psiquiatría, explica que las consecuencias son más graves cuanto más dure el acoso, aunque también influyen factores como la fortaleza mental del acosado o su situación familiar. Así que una de las claves es que esa situación se prolongue el menor tiempo posible.


Una víctima de acoso moral puede sufrir, entre otros, los siguientes problemas físicos y psicológicos: estrés y ansiedad cuando el problema es reciente; depresión, si el acoso persiste; es posible que adelgace o engorde, que sufra trastornos digestivos, endocrinos, vértigos, hipertensión arterial. Una vez finalizado el acoso es posible que le queden secuelas, desde el estrés postraumático hasta una vergüenza recurrente o cambios duraderos del estado de ánimo. En algunos casos incluso se modifica el carácter de la persona que lo ha sufrido, que puede llegar a presentar rasgos paranoicos.


Según Gutiérrez Fraile, los daños más frecuentes derivados de esta situación son: "Estrés crónico, trastorno de adaptación con síntomas ansiosos y depresivos". Estas secuelas "pueden cristalizarse a lo largo del tiempo e incluso cambiar la personalidad de la víctima".


José ya no es militar

José tenía unos 40 años y una trayectoria profesional brillante en el mundo militar cuando se topó con un superior que se empeñó en interrumpir su progresión. Recibió durante años un trato vejatorio y acabó por enfermar mentalmente. Miguel Gutiérrez Fraile fue perito en el juicio en que se analizaron los hechos de este caso y gracias a su informe se reconoció que, efectivamente, había existido acoso laboral. Como consecuencia de aquella situación continuada, José sufría trastorno de adaptación con síntomas de ansiedad y depresion. Ganó el juicio y consiguió la invalidez por accidente de trabajo, pero abandonó su carrera para siempre.

¿Quién sufre acoso? ¿Existe un perfil? Hay dos tipos de acosados, explica Gutiérrez Fraile, que es catedrático de Psiquiatría de la facultad de Medicina en la Universidad del País Vasco: el que supone una amenaza para sus compañeros por su valía profesional y el que tiene una salud mental y física inferior a la del resto, lo que le impide rendir al mismo nivel que sus colegas. José pertenecía al grupo de los primeros.


El acosador se diferencia del maltratador en que éste no actúa en grupo, mientras que el primero cuenta con el silencio cómplice de los compañeros que ven lo que ocurre y no hacen nada. Según José Manuel Martín, socio del despacho Sargadoy, quien acosa es "un narcisista que piensa: Aquí no puede brillar nadie más que yo. No le mueve el beneficio de la empresa, sino un sentimiento personal. Ataca al más débil con el objetivo de dar ejemplo a todos los que están a su alrededor, poniendo así de relieve que con él no puede nadie".


Dice José María Gasalla: "Son personas competitivas y psicologicamente hábiles para desestabilizar a otras. Da la impresión de que, en el fondo, tienen un problema de inseguridad".


Falsas víctimas

El señor Iglesias trabajaba en una gran empresa y se consideraba acosado, así que demandó a la compañía. Según él, todo había empezado cuando pidió reincorporarse a su puesto de director general, estando en plena excedencia. El motivo que le llevó a hacerlo es que quería solicitar la inclusión en un ERE (Expediente de Regulación de Empleo) de la compañía, que ofrecía condiciones de prejubilación muy ventajosas.


Así que volvió, pero apenas tuvo trabajo durante dos meses. Un tiempo durante el cual, según José Manuel Martín (su despacho, Sargadoy, llevó el caso) le fue posible cogerse vacaciones, atender otras ocupaciones... Iglesias no sólo se quejó de la falta de actividad, sino también de que su puesto de trabajo estaba en una planta distinta a la de su departamento y de que su nombre no aparecía en el directorio telefónico.


En su demanda, Iglesias pedía que aquello se considerase mobbing y que se le indemnizase con 1,8 millones de euros. Sin embargo, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid estimó el recurso de la empresa. Martín explica que, cada año, el despacho Sagardoy lleva unos 50 ó 60 casos de acoso y que, de ese número de demandas, pocas responden a situaciones reales de mobbing. "En las demandas se abusa de la alegación de acoso. Hoy es difícil encontrar una demanda por extinción de contrato que no incluya una referencia a la lesión de derechos fundamentales o acoso".


Según José María Gasalla, de Esade: "Hay gente delicada que se siente acosada porque el jefe no le mira a la cara. Hay víctimas, pero también victimistas. Algunas personas son el quejido permanente y lo único que hacen es quejarse, justificarse y buscar culpables".

Cuando ella dijo no

Carlota no pudo permitirse dejar su trabajo, aunque se moría de ganas de desaparecer. Su jefe le propuso mantener relaciones sexuales y ella se negó. El no acceder a los deseos de su jefe marcó su vida. Aquel hombre impidió su desarrollo profesional, en parte bajando la cualificación del trabajo que ella debía realizar.


Carlota nunca acudió a los tribunales. El psiquiatra Gutiérrez Fraile explica: "Las dificultades de diagnóstico y de denuncia de estas situaciones son muy complicadas". El gran obstáculo al que se enfrenta quien denuncia una situación de mobbing es la dificultad para probarlo.


Miguel también cuenta su caso: "Se produjo un cambio organizativo en la cúpula de la empresa en la que yo trabajaba. De repente, decidieron cambiarme de despacho, trasladarme a uno más pequeño y quitarme la tarjeta de crédito. Después de aquello, me anunciaron que ya no podría hacer viajes de trabajo. Quise recurrir a los máximos dirigentes de la empresa, pero nunca podían recibirme. Prácticamente se minimizaron mis funciones". A menudo el acoso responde a intereses, explica esta víctima: es una forma de colocar a un amigo en un cargo de poder.


¿Qué hacer si me acosan?

¿Qué puede hacer alguien que está sufriendo acoso moral en el trabajo? Gasalla afirma: "Lo primero, lo más importante, es que esa persona no guarde para sí ese problema. Debe comentarlo con las personas que tengan una alta valoración de él, como los amigos o la familia" Ellos podrán ayudarle a ver si realmente existe un acoso. "Y segundo: si el afectado ve que ese trato se convierte en sistemático, también debe consultarlo con un psicólogo que le explique cómo aguantar el tipo y con un abogado. El mayor error es guardárselo".


No todos somos iguales; no todos nos comportamos del mismo modo ante una situación como ésta, indica José María Gasalla: "Los afectados no tienen por qué ser débiles mentalmente y no todos terminan cayendo en una depresión ni destruyendo su autoestima. Algunas personas son perfectamente capaces de aguantar".


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