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Sentirse bien: La hoja de ruta


por: Marta D. Riezu
The New York Times Syndicate


Cuando se tiene ganas, no se tiene dinero. Cuando se tiene dinero, no se tiene tiempo. Cuando se tiene tiempo, fallan las ganas. Siempre falta una pieza clave en el puzzle de los objetivos por consumar. La rutina empuja, y falta tiempo para pensar en esas cosas cuando hay que levantarse a las seis, dejar la comida hecha, llevar a los niños al colegio, cumplir con la jornada laboral, sacar una casa adelante y además ser un perfecto amigo y la pareja ideal. Sin embargo, el precio que pagar es altísimo.

Ignorar la propia razón de ser o, peor aún, carecer de motivación desemboca tarde o temprano en un cruel despertar en el que uno abre los ojos mientras se pregunta: “Pero ¿qué estoy haciendo?”.

El coach es la figura que ayuda a encontrar respuestas de ese tipo; el coaching es, pues, el proceso que dicho profesional pone en práctica. La palabra inglesa significa entrenar (también preparar, instruir) y define ese proceso interactivo en el que se busca el camino más eficaz para alcanzar los objetivos fijados usando los recursos y habilidades del cliente, el coachee. Como los entrenadores en el deporte, el coach redirecciona y moviliza hacia el éxito. Cuando esas metodologías se aplican a particulares, se habla de life coaching.



El proceso del coaching se divide en cinco puntos. El primero, básico, debe ser establecer el objetivo, qué se desea conseguir.

El segundo consiste en ser conscientes de la situación actual, del punto de partida. Los recursos que se tienen para lograr el objetivo son la tercera clave; la cuarta es actuar con constancia y coherencia. La quinta y última evalúa los resultados.

En todas las etapas, la flexibilidad es clave: se pueden reconsiderar los objetivos, modificar la conducta hasta que sea de nuevo correcta, replantearse las propias habilidades

A pesar de que cada caso es único, existen principios, valores, convicciones y herramientas específicas que finalmente conducen al éxito, entendiéndose por éxito el triunfo de la coherencia con los propios deseos.

El coach, sobre todo, ayudará al cliente a formularse las preguntas adecuadas para articular el problema de modo útil y cuestionará los razonamientos del coachee de modo constructivo. Será motivador y convincente. Le pedirá que sea realista en todo momento.

Finalmente, requerirá a su cliente que, una vez logrados los objetivos, se oriente por siempre más en sus convicciones, se mantenga sólido y honesto.

Estos conceptos aparentemente abstractos son, en realidad, fácilmente resumibles: el coaching ayuda a disfrutar de la vida y a sentirse realizado. Muchos de los coach son psicólogos, aunque no todos. No serlo no les desacredita, del mismo modo que serlo no asegura resultados óptimos. Dado que todavía no existe una titulación universitaria, es recomendable establecer unos primeros contactos de tanteo (algunos coach ofrecen una primera visita breve gratuita) antes de elegir al profesional.

Hay que tener claro qué no va a hacer un coach por su coachee. No va a hacer los objetivos del cliente en su lugar, ni le venderá ningún paraíso idílico. Le hará de espejo objetivo en el que ver sus virtudes y carencias.

Cada persona tiene en su interior la fortaleza necesaria para afrontar su vida; sin embargo, en el camino, las motivaciones se pierden o se estancan. No hacen falta grandes motivos para recurrir a un coach: dejar de fumar, cambiar de trabajo, superar la timidez, lanzarse a montar un negocio, un embarazo, un divorcio o mejorar el rendimiento profesional son algunos ejemplos que ilustran la variedad de ámbitos en los que se desea consejo. Cada sesión de coaching (básicamente, diálogos) dura de 30 a 60 minutos. El coachee debe mostrarse honesto y abierto, dando feedback a su coach para abordar de una manera más efectiva los objetivos acordados.

El coaching y la programación neurolingüística (PNL) van estrechamente ligados. La PNL es una de las herramientas básicas la mejor, argumentan muchos profesionales para lograr un asesoramiento óptimo, un buen coaching. La PNL ahonda en la relación fundamental que se da entre la mente y el lenguaje que se utiliza; con uno mismo (intrapersonal: cuando se habla para sí) y con los demás (interpersonal).



La PNL profundiza en la importancia capital de esto respecto al comportamiento, las emociones, las creencias y la propia identidad. Con una buena programación del propio lenguaje, el pensamiento se reordena y la experiencia se organiza mejor. La actitud óptima, explica José Martín, de IRCO, es de “curiosidad, experimentación y flexibilidad. Se busca modelar comportamientos específicos, agudizando los sentidos y las habilidades verbales y no verbales”. No hay que olvidar que el lenguaje del cuerpo (postura, gestos, contacto visual) es más importante que el tono de voz, y este, a menudo, más importante que las palabras.

Si toda conducta humana se basa en plantillas de pensamiento, la PNL busca sobre todo sistematizar modelos positivos para que esa conducta sea copiada por el cliente en pos de resultados. Es un medio de autoconocimiento y evolución personal y permite reprogramar actitudes. Una buena comprensión de los propios procesos mentales da como resultado un mejor desarrollo individual.

Diez pistas que permiten reconocer a un buen coach:

  • Motiva y tiene paciencia
  • Se ciñe a los objetivos del cliente
  • Establece un plan de acción claro y realista
  • Ayuda a descubrir cómo se es (no cómo se cree ser)
  • Tiene recursos
  • Habla de los conceptos de nosotros y nuestro
  • Induce al razonamiento antes de la acción
  • No pone límites al rendimiento o a la mejora
  • Respeta muy estrictamente la confidencialidad
  • No pretende convencer de valores contrarios al cliente

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