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La fuga de cerebros: una fuga capital

En un mundo en el que la generación de conocimiento nuevo y su aplicación en el cambio de la condición humana es el motor que aleja a la sociedad del barbarismo, no podemos olvidar la necesidad de llamar a los cientos de miles de intelectuales africanos para que vuelvan de sus lugares de emigración en Europa y América del Norte, para unirse a los que permanecieron en sus países de origen. Sueño con el día en el que los matemáticos e informáticos africanos residentes en Washington y Nueva York, los médicos, ingenieros, doctores, gestores y economistas africanos, vuelvan de Londres y Manchester y París y Bruselas para incorporarse al pool africano de talento, con el fin de encontrar soluciones a los problemas y retos de África, para abrir las puertas de África al mundo del conocimiento, para elevar a África en el universo de la investigación, la educación y la información.

En un mundo desigual la fuga de cerebros acentúa la disparidad de recursos humanos entre los dos hemisferios del globo, penaliza a sociedades necesitadas de profesionales cualificados, a expensas del beneficio injusto que repercute fundamentalmente en la sociedad del bienestar, que se complace de poder atraer el talento del mundo para darle una oportunidad de salir adelante, sin pararse a pensar en el efecto colateral que esa migración de mano de obra cualificada tiene en los países emisores, en los países de origen, que ven y no pueden parar una fuga injusta y no recompensada.

UNA FUGA PSEUDO POSITIVA

La fuga de cerebros tiende a considerarse positiva desde los países que reciben la mano de obra cualificada procedente principalmente de los países en vías de desarrollo. Se trata de unos profesionales cualificados que, en su afán por mejorar su nivel de vida y aspirar a una vida más próspera, deciden dejar detrás sus países de origen para establecerse en Norteamérica y Europa, sociedades que por el envejecimiento de la población y la escasez de profesionales en determinadas áreas como la tecnológica o la sanitaria, ven con buenos ojos y aceptan de buena gana a estas gallinas de los huevos de oro provenientes del mundo en vías de desarrollo, que consiguen a precio de ganga.

La mano de obra cualificada nada tiene que ver con la mano de obra poco cualificada. Son dos categorías diferentes cuyo impacto en el desarrollo económico de un país es notablemente distinto. Un país necesita de profesionales cualificados para salir adelante, un colectivo proporcionalmente muy inferior al de profesionales poco cualificados. Desde este punto de vista la fuga de cerebros vacía de profesionales cualificados una multitud de países en vías de desarrollo, los despoja de sus activos más valiosos, los expolia, arrebatando ese tesoro, un recurso vital, decisorio en el devenir y progreso económico.

Decimos en Occidente que la ayuda al desarrollo de los últimos 30 años ha sido inefectiva en la lucha contra la pobreza de muchos países, que siguen anclados en niveles de renta per cápita de hace medio siglo. Decimos en el mundo industrializado que la corrupción y los regímenes políticos dictatoriales de medio mundo son un impedimento para el normal desarrollo de sus economías. Nos gusta analizar a nivel macroeconómico y a posteriori el porqué del fracaso estrepitoso de multitud de economías de África y América Latina. Sin embargo no caemos en observar que algunos de los mecanismos fomentados desde Occidente, como la aceptación y atracción del talento proveniente de países pobres, se constituyen en un aliciente, en un catalizador, que acelera los procesos de empobrecimiento de numerosas economías, y les impide progresar, pues una economía sin capital humano capacitado es una economía inoperante, pues una economía incapaz de retener el talento por ella generado, es una economía que invierte y pierde lo invertido, desterrando para siempre el retorno de la inversión, que repercute de manera positiva en la parte del mundo que no lo necesita.

Nos engañamos pensando que en el fondo en el mundo desarrollado estamos únicamente abriendo las puertas a aquellas personas que escapan de la pesadilla de la pobreza extrema buscando una vida mejor, pues únicamente abrimos las puertas a aquellas personas de formación cualificada, que en cualquier caso tendrían una oportunidad de trabajar en su país de origen, y nos olvidamos de forma flagrante de una mayoría de personas que viven en la más absoluta miseria, que carecen de educació porque no se la pueden pagar, y se ven condenadas a vivir sin esperanza.

Nos engañamos pensando que esas personas a las que acogemos causan un impacto en sus países de origen, pues creemos que los envíos de dinero, o de otro modo las denominadas remesas, benefician a los que dejaron en casa. Debemos distinguir entre aquellos inmigrantes poco cualificados que envían remesas de aquellos inmigrantes cualificados que envían remesas. El segundo grupo causa un efecto más positivo que el primero en sus países de origen.

En esta línea de argumentación y de acuerdo a un estudio reciente de Riccardo Faini, no hay evidencia empírica de que los inmigrantes cualificados envíen más remesas que los no cualificados. Al contrario, los inmigrantes cualificados pasan más tiempo en el extranjero que los no cualificados, y echan raíces con más facilidad en los países de acogida. El estudio concluye que la mano de obra cualificada proveniente de familias más educadas y adineradas, tiene un incentivo menor a enviar remesas, al mismo tiempo que pasa un mayor tiempo en el extranjero y tiene facilidad para atraer a la familia a los países de acogida. En conclusión, la fuga de cerebros, arguye el estudio, no puede asociarse con un índice mayor de reenvío de remesas, desmitificando la creencia de que la importación de mano de obra cualificada es más positiva que la importación de mano de obra no cualificada.

CIFRAS DETRÁS DEL FENÓMENO

El Profesor Richard Devon de la Universidad estatal de Pensilvania estima que Estados Unidos invierte 200.000 dólares en cada estudiante que termina una licenciatura, lo que da una idea de lo que se ahorra el mundo industrializado al importar profesionales cualificados desde otros países.

No es un mundo fácil para las economías en vías de desarrollo. Un estudio5 de la Organización para el Desarrollo y Cooperación Económica muestra que de entre los receptores indios y chinos de un doctorado en ciencias o ingeniería en Estados Unidos en 1990-91, un 79% de indios y un 88% de chinos seguían trabajando en Estados Unidos en 1995. Estos porcentajes contrastan fuertemente con un 11% de coreanos y un 15% de japoneses, que habiendo recibido un doctorado en Estados Unidos en 1990-91 continuaban trabajando en el país en 1995.

La siguiente figura muestra el drama que viven algunos países de África en el sector sanitario. El promedio porcentual de médicos africanos que deciden partir al extranjero es de un 29% en el África Subsahariana, alcanzando picos por encima del 50% en países como Liberia, Angola o Mozambique. No es difícil adivinar la razón del estancamiento de la economía de muchos de estos países, tan azotados por epidemias como la malaria o el sida y tan incapaces de tratar a su propia población por la insuficiencia de recursos humanos. El caso de las enfermeras mejora al de los médicos, pero no se presenta alentador.

Un fenómeno que está lastrando a todo un continente como África. De acuerdo al Director General Ndioro Ndiaye de la Organización Internacional de Migración dependiente de Naciones Unidas, para compensar la pérdida de la escasez de habilidades provocada por la fuga de cerebros, los países africanos tienen que dedicar 4.000 millones de dólares anuales para emplear a 100.000 expatriados no africanos que cubren los puestos vacantes, que compensan los efectos devastadores provocados por la fuga de cerebros.

No todo son malas noticias en África. La caída de determinados dictadores está propiciando la vuelta masiva de expatriados. Es el caso de Kenya, donde la reciente elección del presidente Mwai Kibaki ha desencadenado unas expectativas de retorno masivo de sus ciudadanos en el extranjero. De acuerdo a Kibaki, Kenya necesita “el genio de sus ciudadanos donde quiera que estén”.

DEVOLVAMOS LO QUE NO ES NUESTRO

La ayuda al desarrollo no es más que la propina al mundo pobre por los servicios prestados, una propina que no compensa el daño hecho a unas sociedades expoliadas de sus recursos más preciosos, las personas, sin las que este mundo no puede operar, sin las cuales este mundo no puede avanzar.

Un mundo globalizado es un mundo de movilidad, en el que los flujos migratorios deberían idealmente funcionar independientemente de la cualificación de las personas. Aceptamos a doctores africanos pero no a los desesperados que llegan a las costas en patera. Es un mecanismo de doble rasero que no compensa a las sociedades expoliadas por el daño realizado.

Hay modos de impedir que el inmigrante cualificado se quede de por vida en el país de acogida, y de fomentar el retorno a su país de origen. Los médicos, por ejemplo, podrían estar obligados a permanecer por un periodo de varios años trabajando en el país de origen, para devolver la inversión realizada a cargo y costa de las arcas públicas. El Ministerio de Salud surafricano7, por ejemplo, retrasa la entrega del título de licenciado en medicina, para asegurarse de que la certificación viene después en lugar de preceder al periodo de servicio público.

El expatriado que huye del mundo pobre en busca de una oportunidad profesional en el primer mundo tiene la responsabilidad de compensar a su país de origen por los servicios prestados, por haberle facilitado una educación y una oportunidad de aspirar a una vida mejor en el extranjero. El expatriado debe contribuir a que en su país de origen su marcha se vea compensada por la formación de un profesional similar y el establecimiento de políticas de retención del talento.

Tanto el país de destino, típicamente un país desarrollado, como el inmigrante cualificado deben compensar al país pobre del que sale la mano de obra cualificada, una compensación a modo de impuesto aplicado de forma equitativa tanto al país de acogida como al expatriado.

La proposición anterior es fácil de implementar y pretende compensar por el robo de un recurso humano cualificado, formado en un país en vías de desarrollo, que tras haber invertido en formación se ve indefenso, frente a las facilidades que Europa y Norteamérica dan al emigrante cualificado. Una proposición que supondría que el estado de acogida que atrae al emigrante cualificado, abonase al país emisor una cantidad equivalente a un porcentaje del sueldo bruto del trabajador cualificado, una cantidad que se vería complementada por una contribución similar por parte del emigrante cualificado, pues tanto el país de acogida como el emigrante cualificado se benefician de una situación que únicamente perjudica al pais emisor, que debe ser compensado por un daño que a día de hoy pasa desaperdibido, ignorado, lejos de la atención de lo medios de comunicación, que no quieren, que no deben denunciar un flujo migratorio que mezcla el favoritismo descarado con la conveniencia aguda.

Todos somos libres en un mundo globalizado. Libres de emigrar o de permanecer. Libres de arriesgar, de esforzarnos. Pero las propias reglas construidas por el ser humano a lo largo de décadas, de siglos de historia, dificultan la puesta en marcha de un sistema justo, construyendo barreras e impidiendo el paso cuando nos conviene, utilizando nuestro músculo militar para proteger un orden internacional que nos beneficia. El ser humano del siglo veintiuno, las sociedades del siglo veintiuno, tienen que comenzar a abonar el daño colateral provocado por unas políticas de inmigración selectiva que despojan al mundo pobre de sus activos más preciosos.

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