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La cultura de la dependencia

A veces olvidamos que el estado natural del hombre es la pobreza y que, por tanto, lo que realmente tenemos que preguntarnos es cómo se consigue y cómo se conserva la riqueza. A la irrupción intencionada de riqueza, ese creativo vaivén entre ahorro e inversión, se le imprimen connotaciones de todo tipo –morales, culturales y religiosas– por parte de los grupos que la llevan a cabo, como le ocurre a toda acción humana. Así, la perpetuación de la pobreza también está sitiada por numerosas connotaciones. ¿Qué ideas, qué mitos, qué sentimientos envuelven los contextos de pobreza?

Varios autores se han ocupado de lo que se ha denominado "cultura de la pobreza", es decir, una serie de mecanismos de socialización que enclaustran a sus miembros en un círculo vicioso de fatalidad y resignación. Fue Oscar Lewis quien en 1961 proponía este concepto, aplicable a civilizaciones, culturas y subculturas, desechando así la idea de que la pobreza procede siempre de deficiencias individuales: en la mayoría de los casos, procede del ambiente.

Basil Bernstein señala un elemento importante de esa socialización inicua: los códigos lingüísticos. Las capacidades lingüísticas de niños pobres y ricos serían, según él, radicalmente diferentes, ya que los niños de clase trabajadora utilizan un código restringido y tienen dificultades para expresar ideas abstractas, al contrario que los niños de familias más pudientes, a los que se les explica más racionalmente las razones de las normas que han de seguir, aprendiendo por tanto pronto a argumentar y a especificar demandas. Sin embargo, este sería un campo en el que nadie podría intervenir. Ivan Illich va un poco más allá y sostiene que es la escuela pública la que perpetúa e acrecienta la "cultura de la pobreza" porque las escuelas son centros de adoctrinamiento, de custodia, de "consumo pasivo", es decir, de aceptación acrítica del orden social existente. Es lo que él denomina el "plan de estudios oculto" que enseñaría a cada niño el lugar donde tiene que estar y tiene que mantenerse. Por supuesto, Illich relaciona estas dinámicas con el capitalismo, pero la crítica que nos interesa es la de cómo instituciones públicas y obligatorias que se erigen apelando a la igualdad de oportunidades desembocan en adoctrinamiento y propulsión de la resignación.

Si analizamos las investigaciones existentes, que como hemos visto en absoluto se han hecho desde una perspectiva austriaca (en muchos casos simplemente marxista), vemos que las conclusiones –no así las prescripciones– son muy similares a las que los austriacos hemos llegado intuitivamente, sin haber profundizado demasiado en los campos de la psicología o la sociología. Y la conclusión es la siguiente: las políticas sociales implementadas por el Estado no funcionan; muy al contrario, agravan los problemas para los cuales supuestamente se diseñan. La razón de tal ineficiencia la encontramos en el narcisismo político: las políticas públicas no sólo presuponen dependencia de los súbditos respecto a ellas mismas sino que, además, su existencia depende directamente de esa pretendida dependencia.

El sociólogo estadounidense Charles Murray profundizó en los ochenta en esta tesis de la "cultura de la pobreza", con más valentía que los anteriores, y aquí es donde podríamos trazar la muy nítida unanimidad con los austriacos. Los individuos que son pobres "sin falta por su parte" –como huérfanos o discapacitados– pertenecen a una categoría diferente de la de quienes forman parte de una "cultura de la dependencia", que son la mayoría. Con esta denominación, Murray alude a los pobres que confían en la asistencia social proporcionada por el Estado en vez de entrar en el mercado laboral; este aumento de la asistencia social ha creado una subcultura que socava la ambición personal, porque si lo más importante –educación, sanidad– te lo proporciona el Estado, su coste se obvia y se relativiza su relevancia. Todos recordamos la inolvidable familia de parásitos de Maggie (Hilary Swank) en Million Dollar Baby.

El Estado nodriza reduce la incertidumbre del futuro, pero incrementa la cultura de la dependencia y la subordinación. El Estado del Bienestar produce seguridad psicológica, aunque no es más que una trampa: una vez te expropian una parte de tu renta, todo subsidio te parece insuficiente. El esfuerzo y la ambición ahora son valores retrógrados: las becas se dan en función de los ingresos, un niño puede pasar de curso con tres asignaturas suspendidas y la educación es obligatoria hasta los dieciséis años independientemente del comportamiento, de la voluntad o de las aptitudes de los estudiantes.

Pero lo curioso es que los argumentos a favor del Estado del Bienestar son ingenuos respecto a la realidad a la que se refieren: los subsidios no se dan a aquellos que han sufrido una desgracia y a corto plazo viven en la miseria, que sería para lo que nominalmente se erigen las políticas sociales. Por el contrario, los subsidios se generalizan y se otorgan para toda clase de lujos a todas luces muy lejanos del manoseado concepto de "necesidades básicas". Este verano se han otorgado miles de becas para estudiar en el extranjero. Y es que hemos llegado a un nivel de inmoralidad extrema: una vez se legaliza la expropiación discrecional, la única estrategia posible es tratar de robar más que tu vecino. Eso sí es la ley de la selva, no el capitalismo.

Explicaba hace unas semanas Jorge Bolaños en la Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana que la batalla para acabar con la pobreza está entre la integración y el custodialismo. El custodialismo estatal, en nombre paradójicamente de su contrario, la integración, dificulta y censura las ansias de independencia, desechándola por imposible (desconfianza del individuo y del mercado libre) e incluso por indeseable. Porque incluso en las políticas sociales subyace un motivo de lo más egoísta: la eternización de la casta política y del comité de "expertos" que las proyectan.

Berti García Faet


Comentarios

  1. Anónimo5:02 p.m.

    Hola, te saluda Rodolfo Condorena. Estamos necesitando un psicólogo organizacional y, por los temas que abordas, me parecería interesante ponerme en contacto contigo. Respóndeme a rodolfo.condorena@presizo.com colocando algún número de contacto, somos una agencia de comunicación de Lima, Perú. Espero te encuentres en esta ciudad.

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